*Esta zona del estado de Michoacán se ha convertido en una “bomba de tiempo” para la actual administración estatal
Por: LINO GOCHI
Chilchota.- Lo ocurrido en Acachuén, municipio de Chilchota, dejó muertos, heridos, bloqueos carreteros, vehículos incendiados y una región entera sumida entre el miedo y la indignación.
El ataque armado registrado el pasado 6 de mayo exhibe el fracaso absoluto de los tres órdenes de gobierno, mientras las autoridades municipales, estatales y federales permanecen más ocupadas en sus guerras políticas internas, acomodos de grupos y la lucha adelantada por la sucesión del poder rumbo al 2027, que en garantizar seguridad a los ciudadanos.
La crisis en la Cañada Purépecha no surgió de la nada. Es el resultado de años de abandono institucional, fracturas políticas y la creciente infiltración del crimen organizado en territorios donde las comunidades indígenas han tenido que aprender a sobrevivir prácticamente solas.
Hoy, la desconfianza hacia las autoridades es total. Comunidades enteras ya no creen en policías, gobiernos ni discursos oficiales. Por eso las protestas escalaron rápidamente este miércoles sobre la carretera Zamora–Morelia y frente a la presidencia municipal.
Porque en Michoacán pareciera que el gobierno solamente escucha cuando hay fuego, bloqueos y sangre. La situación además revive fantasmas como el caso de Enfrentamiento de Arantepacua, uno de los episodios más oscuros de violencia contra comunidades indígenas en el estado.
Y ahora, lo ocurrido en Acachuén amenaza con convertirse en otro símbolo de ingobernabilidad si las autoridades continúan reaccionando tarde, con indiferencia y bajo cálculo político.
Mientras los pueblos exigen justicia, verdad y seguridad, la clase política sigue distraída en campañas anticipadas, alianzas y disputas de poder. Y entre tanto, Michoacán continúa incendiándose.
